Es martes por la mañana en Santiago de Compostela. Huele a empanada recién hecha y a café fuerte de esas cafeterías donde el wifi se resiste a colaborar. Mientras la catedral observa desde su eterna posición de espectadora, un grupo de valientes decide lanzarse a la siempre emocionante aventura de crear empresa Santiago de Compostela. Y es que, cómo no atreverse a emprender en una ciudad que celebra la llegada de peregrinos de medio mundo como si cada lunes fuera viernes.
Abrir un negocio por estas tierras gallegas exige mucho más que un plan de empresa bonito con gráficos de quesos y empanadas. Hay que estar un poco avispado, porque si uno espera hacer fortuna solo vendiendo paraguas, ya se le han adelantado los locales desde hace siglos. Lo primero que aprenderás mientras te enfrentas al papeleo es que la burocracia tiene más vueltas que la muralla de Lugo (sí, aunque esto sea Santiago). Pero tranquilos: una sonrisa y la paciencia de un santo pueden llegar más lejos que cualquier conexión ultrarrápida de fibra, aunque no lo creas. Irás descubriendo, a medida que el papeleo avanza, que el funcionario de la ventanilla y tú sois ya compañeros de fatigas. Lo de crear empresa Santiago de Compostela es, ante todo, un acto de perseverancia digna de un peregrino.
Por supuesto, tener clara la idea es fundamental. Pero aquí viene el primer gran mito a despachar: la inspiración no cae como la lluvia en la Praza do Obradoiro. Usualmente, llega tras muchas horas de darle vuelta al mismo bolígrafo, mirar al techo como esperando que Gabriel García Márquez descienda personalmente con una propuesta y, sobre todo, esquivar las sugerencias de cuñados. Porque nada resulta más español –y universal– que un familiar bienintencionado proponiéndote que inviertas en un negocio de churros porque “siempre va a haber hambre”. Podría ser cierto, pero un mercado saturado de churros no deja margen para mucho ingenio.
Luego está el asunto del ecosistema emprendedor. La buena noticia es que la ciudad ofrece más facilidades de las que uno pensaría. Desde la Universidad de Santiago hasta los viveros de empresa, pasando por charlas, acuerdos con bancos y mentores dispuestos a escucharte divagar sobre tu app de búsqueda de vacaciones en pisos reformistas. Aquí el networking no siempre tiene ese toque cosmopolita que encontramos en Silicon Valley; se parece más a coincidir en una feria gastronómica o a encontrarse a tu socio potencial en la cola del mejor pulpo á feira. Dicho así, uno se da cuenta de que el “networking gallego” es una prueba más de que los negocios y el buen comer siempre serán aliados.
El secreto está en la constancia. Si eres de los que se entusiasman el primer día y se desinflan el segundo, te espera una buena lección en cada paso del camino. Llenarás cuadernos de notas, tacharás ideas y, seguro, habrá semanas en las que tu único ingreso será el cariño de tus amigos. Sin embargo, verás cómo aprender de los errores te va a resultar mucho más rentable que aprobar a la primera. La resiliencia, ese palabro moderno, aquí se traduce en armarse de fe cuando el cielo amenaza lluvia y el Excel no cuadra ni aunque reces a todos los santos del Pórtico de la Gloria.
Quienes lo han logrado aseguran que la sensación de caminar por la Rúa do Vilar sabiendo que tu negocio ya es más que una idea le roba la delantera al cansancio y al miedo. Pero, ojo, no te fíes de los que pintan el camino color de rosas; en realidad, el sendero se parece más a las losas mojadas del casco viejo: resbaladizo, incierto, pero con vistas para no olvidar. Y mientras los clientes empiezan a reconocerte y la comunidad apoya tu proyecto, descubres que crear empresa Santiago de Compostela no es solo plantar el cartel de “abierto” y esperar. Es aceptar el desafío diario, encajar los cambios y, de vez en cuando, regalarte un paseo cerca del Mercado de Abastos para recordar por qué elegiste este sitio y esta vida movida.
Emprender ha sido históricamente cosa de valientes y, en estas tierras gallegas, también de visionarios con algo de sentido del humor. Porque, admitámoslo, cuando el primer cliente entra por la puerta y pregunta si tienes cambio de cinco céntimos, ya sabes que has cruzado el Rubicón, armado solo con tu ingenio, tu tesón y una taza de café bien cargado. La próxima vez que pases por la Praza da Quintana y mires cómo la ciudad bulle de historias, piensa que la tuya también merece ser contada; sólo hace falta un poco de atrevimiento, una pizca de paciencia y buena capacidad de adaptación a las lluvias, legales y meteorológicas, que caen sobre Santiago con total generosidad.